Hace tiempo escuché (o leí) un par de preguntas que hasta la fecha no he podido responder y que, en su momento (incluso ahora), me tienen preocupada, pues… bueno, quizá no sean tanto las preguntas, sino sus respuestas. En concreto decían: «¿qué espacio has logrado liberar dentro de tu vida?» y «¿cómo luchas para defenderlo?».
Las respuestas, como escribí, fueron decepcionantes. No podía concebir (sigo sin hacerlo), que una persona como yo, que maneja un discurso de libertad, equidad, justicia y similares, fuera incapaz de construirse, para ella misma, un espacio así. En ese momento me descubrí como alguien inconsecuente y no me gustó porque significaba que todo este tiempo me había salvado (en otras palabras: me vendí una idea de mí que no correspondía a la persona real. Fui muy bondadosa con mis críticas hacia lo que soy y, en general, me la pasaba justificando mis malas acciones. No las asumía. Por eso me salvaba).
Desde entonces empecé a convencerme de que no se necesita ser activista de alguna causa en específico, ni repetir maquinalmente los discursos que la acompañan, pues para mí eran (o son, mejor dicho) más valientes esas luchas y batallas que libramos a diario para conservar nuestros espacios liberados; ésas donde el protagonismo queda en el anonimato y el único líder son los principios que cada uno tiene.
No es que demerite las grandes luchas sociales, pues a excepción de algunas como la zapatista, hay varias que siguen conservando ciertos vicios que no les permiten evolucionar ni crecer. O sea, tanto su estructura como su organización y su plan de acción ya es obsoleto a la realidad. Por mencionar algunos factores: su estructura es jerárquica y funciona con líderes; los cuáles, por cierto, suelen ser consecuentes sólo cuando hay reflectores y le ponen precio a sus principios a la primera oportunidad. En el siguiente link me refiero a esto con más detalle: http://antesdelpuntofinal-clayaz.blogspot.mx/2012/09/el-siguiente-paso-movimientos-y.html
La revolución empieza en la mente
A raíz del par de preguntas que mencioné al inicio de este texto, estoy buscando la forma de liberar esos espacios en mi vida y lamento informar que todavía no lo he conseguido. A veces pareciera que logro hacerlo, pero lo difícil no es eso, sino conservarlos así; es decir, liberados. Ya volveré a este punto más adelante. De momento estoy convencida que para lograr un verdadero cambio en el país, nuestro primer paso no debe ser la organización, sino modificar nuestra forma de ver y entender el mundo.
En otras palabras, la revolución empieza en la mente de cada uno de nosotros, pues aunque logremos cambiar el sistema capitalista por otro que nos garantice libertad y justicia, ¿de qué va a servir y cuánto va a durar ese cambio?, si nuestras mentes seguirán pensando que es mejor tener líderes, partidos políticos, jerarquías, desigualdades y, a grandes rasgos, seguiremos pensando como capitalistas. Mientras no seamos capaces de abandonar el discurso dominante para ver y, sobre todo, construir otras formas que hagan de éste un mundo mejor, todo lo que logremos va a estar condenado al fracaso o, mejor dicho, estamos condenados a volver a reproducir el pensamiento capitalista que tenemos en las mentes.
Entonces, el objetivo no es acabar con el capitalismo, sino eliminar nuestra capacidad de reproducirlo, pero eso no va a pasar mientras no cambiemos nuestra forma de pensar, porque entonces las acciones que realicemos sólo serán parches que pretenderán cambiar la realidad en la forma, pero no en el fondo. Sinceramente no considero que eso valga la pena.
En otras palabras, la revolución empieza en la mente de cada uno de nosotros, pues aunque logremos cambiar el sistema capitalista por otro que nos garantice libertad y justicia, ¿de qué va a servir y cuánto va a durar ese cambio?, si nuestras mentes seguirán pensando que es mejor tener líderes, partidos políticos, jerarquías, desigualdades y, a grandes rasgos, seguiremos pensando como capitalistas. Mientras no seamos capaces de abandonar el discurso dominante para ver y, sobre todo, construir otras formas que hagan de éste un mundo mejor, todo lo que logremos va a estar condenado al fracaso o, mejor dicho, estamos condenados a volver a reproducir el pensamiento capitalista que tenemos en las mentes.
Entonces, el objetivo no es acabar con el capitalismo, sino eliminar nuestra capacidad de reproducirlo, pero eso no va a pasar mientras no cambiemos nuestra forma de pensar, porque entonces las acciones que realicemos sólo serán parches que pretenderán cambiar la realidad en la forma, pero no en el fondo. Sinceramente no considero que eso valga la pena.
Entiendo que haya personas viviendo con ese pensamiento como si fuera el único. Lo entiendo, pero no lo justifico. Entiendo su lógica cuando piensan que al votar o anular el voto están contribuyendo a construir «el cambio democrático». Y lo entiendo porque a cada instante nos bombardean con spots, noticias, discursos u opiniones encaminadas a pensar de esa forma, o a legitimar los procesos y decisiones impuestas de quienes nos gobiernan. Lo entiendo porque no es fácil escapar de este bombardeo. No es fácil liberar la mente; sin embargo, tampoco es imposible y como escribí, la revolución empieza ahí.
Pereza y comodidad ciudadana o «el mínimo esfuerzo»
Aunque claro, también debemos reconocer cierta comodidad y pereza ciudadana para librar las batallas que nos corresponden; sobre todo porque se nos hace más fácil dejar que alguien tome las decisiones por nosotros.
Estamos acostumbrados al líder que viene a decirnos cómo y por dónde. ¿Por qué? Quizá porque, a diferencia de sociedades como la indígena, siempre hemos sido egoístas (por aquello de que crecimos en un mundo de individuos -individuales- y no en una comunidad).Lo único que nos enseñaron es: «yo esto», «yo lo otro»; competir, compararse, escalar o pasar por encima del otro. El «nosotros» no existe.
Lo irónico es que, a pesar de ello, hemos calificado a las comunidades indígenas como «primitivas», cuando en realidad los primitivos somos nosotros, los de las grandes ciudades, pues a diferencia de ellas no hemos sido incapaces de organizarnos para evolucionar en una sociedad mejor.
Entonces, ¿quiénes serán los tontos, ingenuos y primitivos?, ¿somos nosotros que seguimos creyendo en nuestros gobiernos o son ellos que han estado más cerca de construir sociedades democráticas, libres y justas; o sea, más avanzadas? ¿Quién ha perdido más, ellos o nosotros que todavía cargamos con miedos? ¿Quién ha arriesgado más, ellos o nosotros, que con nuestra pereza (física y mental) sólo hemos sido capaces de concebir un cambio a través de votaciones y que nuestra rebeldía se quedó en el mundo virtual (o sea, en las redes sociales; o sea en el discurso)? La revolución no va a conseguirse desde la comodidad de nuestro hogar y sin hacer más sacrificio que el de cruzar una boleta electoral. Se necesita más que el mínimo esfuerzo para conseguirlo.
Entonces, ¿quiénes serán los tontos, ingenuos y primitivos?, ¿somos nosotros que seguimos creyendo en nuestros gobiernos o son ellos que han estado más cerca de construir sociedades democráticas, libres y justas; o sea, más avanzadas? ¿Quién ha perdido más, ellos o nosotros que todavía cargamos con miedos? ¿Quién ha arriesgado más, ellos o nosotros, que con nuestra pereza (física y mental) sólo hemos sido capaces de concebir un cambio a través de votaciones y que nuestra rebeldía se quedó en el mundo virtual (o sea, en las redes sociales; o sea en el discurso)? La revolución no va a conseguirse desde la comodidad de nuestro hogar y sin hacer más sacrificio que el de cruzar una boleta electoral. Se necesita más que el mínimo esfuerzo para conseguirlo.
Ciudadanos enojados, amargados e infelices producidos por el capitalismo
Además del individualismo que nos fomenta la dinámica social de la ciudad, también he notado que nos están aplicando estímulos conductistas, como si fueramos ratas de laboratorio.
Primero nos hacen desear y lo luego no nos permiten conseguir lo deseado. El resultado es que nos convertimos en ciudadanos frustrados, incapaces de lograr nuestros sueños. Esa frustración (diaria además), nos mantiene enojados todo el tiempo, todo el día, obstinados en conseguir algo que parece imposible. Como consecuencia de esto nos mantenemos apáticos frente a los problemas y decisiones sociales, porque ¿cómo va a ser posible que, si aún no he podido resolver mis problemas, me interese por los del resto de la población? (que por cierto también son los míos).
Entonces todo el tiempo estamos inconformes por tener un trabajo que odiamos, por llevar una vida miserable mientras los políticos y empresarios ganan miles de pesos; lo cual también nos enoja, pero no tenemos tiempo para eso porque primero hay que resolver los problemas individuales. Así nos enseñan.
Todo el tiempo estamos al borde del desquicio. Cualquier inconveniente se convierte en «la gota que derramó el vaso»... que si el metro se va parando con todo y que aumentaron el precio del boleto a cinco pesos; que si hay mucho tráfico; que si pinche lluvia, ya me mojé; que si el desempleo, la falta de oportunidades, el aumento de precios...
Como mencioné, todos son estímulos para que desarrollemos una conducta y un perfil de ciudadanos que están hasta la madre y lo que menos quieren son más problemas. Entonces nos vale madres que el gobierno siga haciendo sus tranzas o que los empresarios se sigan haciendo millonarios a costa de nuestro trabajo. Total que, para el final del día ya no queremos saber nada de nada y decidimos relajarnos viendo un poco de televisión. Es decir, nos ponemos «de a pechito» para consumir y reforzar el discurso dominante, la ideología capitalista. Y así es nuestra vida diario... o será, hasta la muerte.
Primero nos hacen desear y lo luego no nos permiten conseguir lo deseado. El resultado es que nos convertimos en ciudadanos frustrados, incapaces de lograr nuestros sueños. Esa frustración (diaria además), nos mantiene enojados todo el tiempo, todo el día, obstinados en conseguir algo que parece imposible. Como consecuencia de esto nos mantenemos apáticos frente a los problemas y decisiones sociales, porque ¿cómo va a ser posible que, si aún no he podido resolver mis problemas, me interese por los del resto de la población? (que por cierto también son los míos).
Entonces todo el tiempo estamos inconformes por tener un trabajo que odiamos, por llevar una vida miserable mientras los políticos y empresarios ganan miles de pesos; lo cual también nos enoja, pero no tenemos tiempo para eso porque primero hay que resolver los problemas individuales. Así nos enseñan.
Todo el tiempo estamos al borde del desquicio. Cualquier inconveniente se convierte en «la gota que derramó el vaso»... que si el metro se va parando con todo y que aumentaron el precio del boleto a cinco pesos; que si hay mucho tráfico; que si pinche lluvia, ya me mojé; que si el desempleo, la falta de oportunidades, el aumento de precios...
Como mencioné, todos son estímulos para que desarrollemos una conducta y un perfil de ciudadanos que están hasta la madre y lo que menos quieren son más problemas. Entonces nos vale madres que el gobierno siga haciendo sus tranzas o que los empresarios se sigan haciendo millonarios a costa de nuestro trabajo. Total que, para el final del día ya no queremos saber nada de nada y decidimos relajarnos viendo un poco de televisión. Es decir, nos ponemos «de a pechito» para consumir y reforzar el discurso dominante, la ideología capitalista. Y así es nuestra vida diario... o será, hasta la muerte.
Auto mutilarse
Lo peor de todo es que, aunque nos aferremos a pensar lo contrario, nosotros mismos somos quienes nos mutilamos. Es decir, nosotros mismos le hacemos el trabajo sucio al gobierno en el momento en que decidimos ser apáticos e insensibles a nuestro contexto social.
Toda la población ya sabe que los funcionarios públicos defienden intereses particulares, no los de la población. También sabe que terminarán traicionándolos y romperán sus promesas.Y saben que en épocas de campaña electoral los candidatos aparentan ser personas honestas, pero sólo es eso, pura apariencia. Todos lo sabemos y, sin embargo, no hacemos mucho esfuerzo por cambiarlo.
No sé, quizá no sean tanto las cosas que hacemos, aunque así lo parezca; sino las que dejamos de hacer. Y quizá por ser ciudadanos ejemplares, que actúan conforme a la ley, no nos damos cuenta que estamos legitimando delitos atroces contra nosotros mismos. Pero preferimos ser criminales conforme a la ley en vez de serlo fuera de ella (o sea, terroristas, revoltosos, violentos, etc.).
Por ejemplo, ¿qué pasó en 1988? La gente fue a votar pensando que de verdad tiene voz y voto, pero la realidad le mostró que las decisiones en este país no las toma el pueblo, sino que se imponen. A sabiendas del fraude electoral la gente siguió confiando en sus instituciones y votó en las elecciones consecutivas; hasta que nuevamente, en 2006, todo apuntó a una nueva imposición del presidente.
Toda la población ya sabe que los funcionarios públicos defienden intereses particulares, no los de la población. También sabe que terminarán traicionándolos y romperán sus promesas.Y saben que en épocas de campaña electoral los candidatos aparentan ser personas honestas, pero sólo es eso, pura apariencia. Todos lo sabemos y, sin embargo, no hacemos mucho esfuerzo por cambiarlo.
No sé, quizá no sean tanto las cosas que hacemos, aunque así lo parezca; sino las que dejamos de hacer. Y quizá por ser ciudadanos ejemplares, que actúan conforme a la ley, no nos damos cuenta que estamos legitimando delitos atroces contra nosotros mismos. Pero preferimos ser criminales conforme a la ley en vez de serlo fuera de ella (o sea, terroristas, revoltosos, violentos, etc.).
Por ejemplo, ¿qué pasó en 1988? La gente fue a votar pensando que de verdad tiene voz y voto, pero la realidad le mostró que las decisiones en este país no las toma el pueblo, sino que se imponen. A sabiendas del fraude electoral la gente siguió confiando en sus instituciones y votó en las elecciones consecutivas; hasta que nuevamente, en 2006, todo apuntó a una nueva imposición del presidente.
Y sí, hubo quejas, marchas, incluso un enorme plantón en Reforma para mostrar su inconformidad, pero incluso, parte de esa gente que al principio gritó «¡fraude!»; después, enajenada y siendo víctima del bombardeo de mensajes televisivos, fue quien exigió el levantamiento del plantón y legitimó la violencia con que se llevó a cabo. Independiente de mi opinión al respecto, el punto es que resulta alarmante ver cómo algo tan legítimo como la libertad de manifestación es criminalizado por las mismas personas que, en su momento, defendieron el derecho a expresarse. En otras palabras, alarma ver cómo somos nosotros mismos quienes mutilamos nuestros derechos y libertades.
El punto es, retomando lo escrito al principio, que la mayoría de nuestras mentes siguen presas. No hemos podido liberarnos del discurso dominante (al menos no del todo) y, por lo tanto, no hemos dado el primer paso para construir el verdadero cambio.
La construcción del verdadero cambio
Ésa es la razón por la que decidí que no votaré nunca más. Y sé que a nadie le importa lo que yo haya decidido. Incluso muchos cuestionan posturas como la mía, preguntando «¿qué vas a cambiar si no votas?» La respuesta es: «nada». Y también sé que a muchos les parece ilógica, pero de la misma forma en la que yo no voy a cambiar nada dejando de votar, tampoco voy a cambiar nada haciéndolo o anulando el voto.
No obstante, puedo afirmar que con ello, a diferencia de quien va a votar o a anular su voto, yo estoy dando el primer paso para revolucionar mi mente; es decir, estoy cuestionando una realidad que no funciona y eso me permitirá plantear otros caminos para construir un verdadero cambio.
No obstante, puedo afirmar que con ello, a diferencia de quien va a votar o a anular su voto, yo estoy dando el primer paso para revolucionar mi mente; es decir, estoy cuestionando una realidad que no funciona y eso me permitirá plantear otros caminos para construir un verdadero cambio.
Y es que, si fuéramos más reflexivos no habría policías ni militares porque sería obvio que trabajar para esas instituciones significa que debes madrearte a tu pueblo, traicionarlo y chingártelo por defender intereses particulares.
Incluso las universidades deberían dejar de fomentar en los alumnos la idea de que el voto y el proceso electoral son las únicas formas de poder y participación social que existen. Su labor es cuestionar la realidad y elaborar propuestas que solucionen los problemas políticos y sociales existentes. Sin embargo, los planes de estudios siguen encaminados a formar generaciones de alumnos con la misma visión política (institucional, criminal y falsa), pero reforzada. No brindan las herramientas para cuestionar, para encontrar alternativas. No hay reflexión, sólo repetición. Sólo muestran el camino que deben seguir, pero no les enseñan a cuestionarlo. En resumen, no están cumpliendo con la labor y el compromiso adquirido con la sociedad. No están ayudando a liberar mentes; o sea, a empezar a construir un cambio.
Incluso las universidades deberían dejar de fomentar en los alumnos la idea de que el voto y el proceso electoral son las únicas formas de poder y participación social que existen. Su labor es cuestionar la realidad y elaborar propuestas que solucionen los problemas políticos y sociales existentes. Sin embargo, los planes de estudios siguen encaminados a formar generaciones de alumnos con la misma visión política (institucional, criminal y falsa), pero reforzada. No brindan las herramientas para cuestionar, para encontrar alternativas. No hay reflexión, sólo repetición. Sólo muestran el camino que deben seguir, pero no les enseñan a cuestionarlo. En resumen, no están cumpliendo con la labor y el compromiso adquirido con la sociedad. No están ayudando a liberar mentes; o sea, a empezar a construir un cambio.
En unas horas muchos van a ir a las urnas a hacer lo que consideren «correcto» y, en el mejor de los casos, otros tantos serán consecuentes. Como sea, el problema no es qué vamos a hacer frente a las elecciones, sino cómo vamos a construir el verdadero cambio.
La revolución no se gana, se construye
El mundo va a cambiar y va a ser mejor el día que asumamos nuestra responsabilidad y trabajemos para construirlo en vez de «lavarnos las manos» y dejar todo, cómodamente, en manos de un líder. Y cuando hablo de «asumir nuestra responsabilidad» no me refiero a entrarle a la política o a la grilla, sino a trabajar para liberar esos espacios en nuestra vida diaria y luchar para que permanezcan así.
No es necesario formar un movimiento social para hacerlo. La organización puede darse en niveles familiares incluso. Entonces bastará con que cada familia mantenga libres los espacios donde se desenvuelve, libres de violencia, de imposiciones, de egoísmos, de exclusiones, de prejuicios; es decir, libres de todos los valores fomentados por el sistema capitalista.
Bastará con que aprendamos a vivir en comunidad y fortalezcamos esta idea. Bastará con que, juntos, empecemos a modificar nuestra forma de pensar; es decir, dejar de lado el pensamiento, los valores e ideología capitalistas para ver que existen otras formas de construir una vida digna y justa. ¿Y cómo será esa forma? Cada uno lo irán descubriendo, pero mientras sigamos enajenados y nuestras mentes sigan prisioneras del discurso dominante y de valores falsos como la democracia representativa de las instituciones, seguiremos caminando en círculos; es decir, hacia ningún lado.
No bastará con derrotar al capitalismo o hacer que desaparezcan los partidos políticos y los gobernantes; mucho menos con ir a votar o dejar de hacerlo. Tampoco será suficiente construir un mundo democrático, libre y justo. Si no cambiamos nuestra forma de pensar la revolución va a ser pasajera, pues volveremos a reproducir las condiciones del sistema capitalista y, en vez de avanzar, estaremos retrocediendo.
Incluso, aún cuando hayamos conseguido revolucionar nuestras mentes, debemos saber que la revolución no es algo que se gana, la revolución es algo que se construye en el día a día. En otras palabras, la revolución y los valores de la misma deben transmitirse de generación en generación para que nunca muera, para que, en vez de eso, sea mejor cada vez. La revolución también es perfectible; o sea que se va perfeccionando según las necesidades de la sociedad, pues no es ni será perfecta nunca.
Si dejamos que la revolución se quede entre la generación de personas que la construyeron la estamos condenando a morir con ellos. Por eso digo que la revolución no se gana, se construye. Es para siempre. Dura toda la vida porque nunca hay que dejar de lucharla. No es revolución, es ir «revolucionando»; o sea, no es sustantivo, es verbo. Es una forma de vida, no un discurso.
En resumen, lo difícil no es construir un mundo mejor para todos, sino mantenerlo y lucharlo a diario. Votar o anular el voto es un acto que se realiza cada tres o seis años y sólo se invierten un par de minutos. Necesitamos más que eso.
La revolución no se gana, se construye
El mundo va a cambiar y va a ser mejor el día que asumamos nuestra responsabilidad y trabajemos para construirlo en vez de «lavarnos las manos» y dejar todo, cómodamente, en manos de un líder. Y cuando hablo de «asumir nuestra responsabilidad» no me refiero a entrarle a la política o a la grilla, sino a trabajar para liberar esos espacios en nuestra vida diaria y luchar para que permanezcan así.
No es necesario formar un movimiento social para hacerlo. La organización puede darse en niveles familiares incluso. Entonces bastará con que cada familia mantenga libres los espacios donde se desenvuelve, libres de violencia, de imposiciones, de egoísmos, de exclusiones, de prejuicios; es decir, libres de todos los valores fomentados por el sistema capitalista.
Bastará con que aprendamos a vivir en comunidad y fortalezcamos esta idea. Bastará con que, juntos, empecemos a modificar nuestra forma de pensar; es decir, dejar de lado el pensamiento, los valores e ideología capitalistas para ver que existen otras formas de construir una vida digna y justa. ¿Y cómo será esa forma? Cada uno lo irán descubriendo, pero mientras sigamos enajenados y nuestras mentes sigan prisioneras del discurso dominante y de valores falsos como la democracia representativa de las instituciones, seguiremos caminando en círculos; es decir, hacia ningún lado.
No bastará con derrotar al capitalismo o hacer que desaparezcan los partidos políticos y los gobernantes; mucho menos con ir a votar o dejar de hacerlo. Tampoco será suficiente construir un mundo democrático, libre y justo. Si no cambiamos nuestra forma de pensar la revolución va a ser pasajera, pues volveremos a reproducir las condiciones del sistema capitalista y, en vez de avanzar, estaremos retrocediendo.
Incluso, aún cuando hayamos conseguido revolucionar nuestras mentes, debemos saber que la revolución no es algo que se gana, la revolución es algo que se construye en el día a día. En otras palabras, la revolución y los valores de la misma deben transmitirse de generación en generación para que nunca muera, para que, en vez de eso, sea mejor cada vez. La revolución también es perfectible; o sea que se va perfeccionando según las necesidades de la sociedad, pues no es ni será perfecta nunca.
Si dejamos que la revolución se quede entre la generación de personas que la construyeron la estamos condenando a morir con ellos. Por eso digo que la revolución no se gana, se construye. Es para siempre. Dura toda la vida porque nunca hay que dejar de lucharla. No es revolución, es ir «revolucionando»; o sea, no es sustantivo, es verbo. Es una forma de vida, no un discurso.
En resumen, lo difícil no es construir un mundo mejor para todos, sino mantenerlo y lucharlo a diario. Votar o anular el voto es un acto que se realiza cada tres o seis años y sólo se invierten un par de minutos. Necesitamos más que eso.
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