El Metro del DF: Fabricante de ciudadanos enojados con potencial de zombies


El jueves pasado, como cada jueves, me levanté a las cuatro y media de la mañana para ir a dar clase de siete hasta Ecatepec. Sin embargo, el metro de la línea dos (la azul) tardó media hora en pasar y, cuando por fin llegó, se quedó diez minutos más abriendo y cerrando sus puertas pues, debido al exceso de gente acumulada, era imposible cerrarlas bien.

Así pasaron 45 minutos y fue imposible que en 15 minutos yo me trasladara hasta el Estado de México para llegar a las siete y dar esa clase. Aunque tomar taxi hubiese sido una opción para llegar a tiempo no estaba dispuesta a gastar el doble de lo que gano por dos horas de clase.

Enojada por ese descuento salarial y por haber perdido horas de sueño madrugando sin razón, fui en busca del Jefe de estación para reclamarle y ver qué opciones me ofrecía para que eso no se quedara en coraje. Sin embargo, su respuesta fue algo así como: «pues métase a la página del Metro en Internet y deje ahí su queja. Ésas le llegan directo al Director del Metro...». 

Obviamente yo sabía que de ahí no pasaría. Así se lo hice saber al Jefe de estación. Le dije que conocía el proceso de «poner la queja e ignorarla» y me dio la razón. Incluso mencionó que el Sindicato estaba presionando para que le dieran mantenimiento a los trenes y para que compraran refacciones nuevas con el dinero del aumento en la tarifa del Metro, pero no lo habían hecho y, por lo mismo, los trenes seguían fallando, afectando así el servicio. Hasta ahí con mi frustración aquel día.

Esta ineficiencia ocurre todas las mañanas y, en general, durante todo el día. De hecho, una vez tardé 90 minutos en trasladarme del metro Universidad hasta Zapata, cuando el trayecto normal es de 10 a 15 minutos. Esa ocasión entendí que el mal servicio del metro, así como la incompetencia del gobierno para hacer bien su trabajo, están generando ciudadanos enojados. 

Durante aquel viaje de 90 minutos noté que, incluso, las personas contentas empezaron a ponerse de mal humor porque el metro no avanzaba. Eso me hizo pensar que seguramente, al llegar a sus destinos, desquitarían esa furia con las personas con quienes se encontrarían; lo cual, a su vez, detonaría una cadena de relaciones desenfadadas, pues estar a la ofensiva y defensiva; reclamando y maldiciendo desequilibra y altera un momento que pudo haber sido lindo. Y todo por un mal servicio en el metro. Después me pregunté «¿Es necesario esto? ¿Vale la pena?»

Era (o «es», mejor dicho), increíble cómo se pueden crear tantos ciudadanos enojados y malhumorados en tan poco tiempo. Es decir, ellos llegan a sus casas hartos del mal día que tuvieron y para sacar la frustración acumulada se desquitan con su familia. Entonces, en vez de llegar con ganas de pasar tiempo de calidad con ellos, llegan con ganas de estar solos y de ver televisión. En otras palabras, además de crear ciudadanos enojados, frustrados e insatisfechos, la dinámica y rutina diaria fomenta el individualismo, rompe con la comunidad y nos orilla a consumir el discurso gubernamental que transmite la televisión. O sea, nos pone de a pechito para el «lavado de cerebro». #Zombies #Dormidos #SinVida

Algo similar noté aquel jueves que no pude llegar a dar mi clase. Es más, la viví. En un principio iba contenta porque era el último día de la semana que madrugaba para ir hasta allá, pues los viernes no doy clase; pero el pésimo servicio del metro me malhumoró, del mismo modo que hizo con todos los usuarios en ese momento. Y todavía me enojé más porque, a pesar del aumento en el costo del boleto, el servicio seguía siendo ineficiente. Total que todo me producía irritación y enfado.

Sin embargo, lo que me hizo llorar fue un sentido de impotencia que jamás había experimentado. Nadie me iba a hacer caso. Ni el Director del Metro, a quien le iba a valer madres mi queja en Internet, ni el Jefe de estación, quien fue incapaz de darme una solución. Y para colmo, además del descuento salarial obvio, iba a tener que chingarme (¿resignarme?) y seguir pagando por un servicio que no recibo.

¿Qué se hace? ¿Qué se puede hacer? Fui incapaz de ver opciones. Quizá no las tenía. Me sentí atada de manos y destinada a conformarme con la resignación de que me estaban jodiendo por todos lados (descuento salarial, seguir pagando por un servicio ineficiente, mi queja ignorada). Hoy es domingo y aún me da coraje cuando lo recuerdo. No pueden seguir chingándonos y tampoco podemos seguir «aguantando vara».

Por un momento pensé en saltarme cada vez que use el metro hasta recuperar el descuento salarial que me hicieron en el trabajo, pero eso no solucionaría el problema, aunque tampoco lo va a solucionar que yo siga pagando mi boleto de metro cada que uso este servicio. El problema es que no veo opciones. Quizá me falta creatividad o valentía para hacer algo más radical, pero a estas alturas ya no sé distinguir lo extremo de lo sensato. Se borró la línea. Ahora la gente toma medidas que pueden parecer atroces, pero la rabia y la impotencia nos orillan a justificarlas.

No sé qué pensar. Se me ocurrió abrir un foro donde la gente compartiera este tipo de experiencias, pero mi escepticismo se ha enfatizado y no le veo futuro a ninguna acción. Sigo pensando que nos falta dar el paso que nos ayude a avanzar. Seguimos estancados, pero tampoco tengo idea de cómo o por dónde.

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